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Liderazgo

De qué trata el sesgo que lleva a los líderes a sobreestimar su capacidad para construir relaciones

Vibhas Ratanjee Contribuyente

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Una falla habitual de conducción infla la autopercepción, agranda la distancia con los equipos y erosiona la confianza. El costo aparece en silencios, malestar oculto y decisiones tomadas con información incompleta.

1 Abril de 2026 18.10

Los líderes creen que conectan. Sus equipos ven una farsa. Esa brecha cuesta detectarla porque la intención suele confundirse con el impacto. Un estudio de Gallup, mi empleador, publicado a comienzos de 2025, lo confirma: la mayoría de los líderes se califica mucho mejor que sus propios gerentes en siete áreas clave de la eficacia del liderazgo. Vale empezar por la construcción de vínculos. El 54% de los líderes cree que se destaca en ese terreno. Apenas un tercio de sus gerentes coincide. Esa diferencia de 21% no marca solo un problema de percepción. También deja en evidencia la facilidad con la que una buena intención termina convertida en un mal desempeño.

El rendimiento de la conexión

La mayoría de los líderes cree que sabe tratar con la gente. Saluda por su nombre, pregunta por sus familias, sonríe en las videollamadas, recuerda los cumpleaños y responde rápido los mensajes. Todo eso expresa interés, pero nada de eso garantiza una conexión real.

Hoy, el liderazgo premia la visibilidad. Una cámara encendida, una reacción con emojis o una nota de reconocimiento pueden parecer gestos de empatía. Sin embargo, muchas veces se trata apenas de una puesta en escena de la conexión: señales de calidez sin profundidad real.

Premiamos a los líderes por estar presentes, no por estar conectados.

La gente lo nota. Percibe si el "¿Cómo estás?" de un líder sale por costumbre o si de verdad es una pregunta.

La brecha sigue ahí porque los puntos ciegos nacen de la intención, no del impacto. Los líderes recuerdan el esfuerzo que hacen. Los demás sufren las consecuencias. Cuanto más alto llegan, más fuerte se vuelve esa ilusión. Cuando cada hora se llena de reuniones y mensajes, resulta fácil confundir interacción con intimidad.

La conexión no nace de la disponibilidad, sino de la sintonía. Estar disponible implica responder en cuestión de minutos. Estar en sintonía implica detectar la respuesta de dos palabras de alguien que, por lo general, suele escribir párrafos.

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Los líderes creen que conectan. Sus equipos ven una farsa.

Preguntate: ¿a quién de tu equipo conocés de verdad? ¿Qué lo motiva? ¿Qué lo frustra? Si tardás en encontrar esas respuestas, no se trata de negligencia, sino de condicionamiento. Las organizaciones premian la eficiencia, no la profundidad. Por eso, los líderes tienen que dejar de aparentar visibilidad y empezar a construir una presencia firme.

El modelo emocional de la confianza

Cada relación deja una marca. No siempre se ve, pero la gente la siente.

Pensemos en una gerente que arranca cada reunión individual con una charla amable. Cuando un empleado expresa su frustración, ella pasa de inmediato a buscar soluciones. Su intención es ayudar, pero el efecto es otro: lo hace callar. La confianza no se erosiona por traiciones, sino por pequeños malentendidos que se repiten con el paso del tiempo, hasta que la otra persona deja de hablar con sinceridad.

Lo que se diga después queda por completo condicionado por lo que pasó la vez anterior. Un equipo que aprendió que su líder resuelve en vez de escuchar deja de plantear los problemas antes de tiempo. Presenta la verdad de una manera más liviana, la suaviza y la entrega a medio resolver. Para cuando el problema queda a la vista, el silencio ya causa estragos.

Los líderes que consiguen cerrar esa brecha prestan atención a lo que queda cuando termina la reunión. Cuando una conversación se pone tensa, conviene actuar con cautela. Retrasá la respuesta experta lo suficiente para que aparezca algo real. La curiosidad genera más confianza que la competencia. "¿Qué es lo más importante para ti en esto?" abre una conversación. Una respuesta la cierra.

Interrumpir la rutina

La mayoría de las reuniones de seguimiento se convirtió en simples actualizaciones de estado con algunas cortesías de por medio. El líder pregunta cómo van las cosas. El integrante del equipo responde que bien. Los dos avanzan. Nada cambia. El ritual parece una conexión, pero no genera ninguna.

Dejá de preguntar "¿Cómo te va?". Esa pregunta empuja a actuar.

En cambio, preguntales a tus equipos dónde sienten que les falta energía. ¿Qué te dio energía últimamente? ¿Qué te agotó más de la cuenta? ¿Necesitás apoyo y no lo pediste? La diferencia en lo que sale a la luz es notoria. Los líderes que adoptan esta práctica suelen escuchar, en la primera semana, cosas que sus equipos ocultaron durante meses.

En tu próxima reunión de equipo, dejá de fijarte en quién habla. Prestá atención a quién se calla. La persona que queda en silencio cuando entra un líder sénior, que espera para ver qué pasa antes de dar su opinión, te está diciendo algo que tu encuesta de compromiso no va a captar. El silencio bajo presión no es neutralidad. Es una señal del costo que tiene hablar.

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Cuando los líderes montan una conexión aparente, los equipos aprenden a fingir compromiso. Sonríen, asienten, cumplen y esconden la verdad. 

Cuando detectes tensión en una conversación, resolvela en ese momento. Marcá el problema antes de que escale. Una solución rápida transmite seguridad. Ignorarlo deja ver la jerarquía. Los equipos aprenden cuál es tu lógica de acción y se organizan en función de eso.

Revisá tu calendario de las últimas dos semanas. ¿Cuánto tiempo dedicaste a las relaciones y cuánto a los resultados? La mayoría de los líderes, cuando hace ese balance, descubre que la proporción está más desequilibrada de lo que imaginaba. Ese desajuste no responde a un problema de planificación, sino a una deuda de confianza que se acumula en silencio.

El costo de la conexión teatral

Cuando los líderes montan una conexión aparente, los equipos aprenden a fingir compromiso. Sonríen, asienten, cumplen y esconden la verdad. En la superficie, todo parece calmo. En el fondo, crece un distanciamiento silencioso.

El peligro no está en la disidencia, sino en la cortesía. Un equipo que evita la incomodidad pierde su ventaja competitiva. La estrategia deja de ponerse en duda. Los riesgos dejan de reconocerse. El líder sigue escuchando que todo marcha bien, hasta que un día eso deja de pasar.

Los líderes que consiguen cerrar esa brecha no se destacan por el carisma. Se destacan por la coherencia. En los hechos, eso significa que sus equipos no tienen que leer el clima antes de hablar. Tampoco necesitan calcular el costo de una respuesta honesta. Las señales que reciben de su líder coinciden con las que les prometieron. Esa coherencia, entre lo que un líder dice que quiere y cómo reacciona de verdad cuando lo consigue, aparece mucho menos de lo que la mayoría imagina.

Para esos líderes, pertenecer no equivale a comodidad, sino a la libertad de expresarse sin miedo a represalias.

Esa libertad no aparece en ninguna reunión armada para eso. Tampoco en vínculos que cuestan demasiado construir. Se ve en los momentos inesperados: la resistencia en una sala donde resistir implica un riesgo, el problema que se detecta antes de que se convierta en crisis, la respuesta honesta que surge sin mirar antes cuál es la opinión general. Esos momentos pasan en tu equipo o no pasan. Y, si no pasan, el problema no es que la gente no tenga nada para decir. Es que, en algún momento, hizo las cuentas y decidió que el costo era demasiado alto.

*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com

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